Pensamiento occidental a partir del descubrimiento freudiano

Marx, Darwin, Einstein, entre otros, han cambiado tanto nuestra imagen del mundo que han herido sucesivamente el orgullo del hombre.

Nicolás Copérnico propone una alternativa al modelo geocéntrico: no sólo la Tierra gira alrededor del Sol (un modelo heliocéntrico), sino que la misma Tierra gira sobre su eje. El hombre era el centro de la creación, se creía que la tierra era el centro del universo porque en ella habita el hombre “la criatura privilegiada de Dios”. El hombre, en pocas palabras, dejó de ser el centro del universo.

Darwin nos explicó el origen por medio de los mecanismos evolutivos sin la intervención creadora de algún ser supremo, a diferencia de lo que creíamos, el hombre no ha sido creado a imagen y semejanza de Dios sino que es primo hermano del chimpancé. El proceso evolutivo no precisa de nadie que lo planifique ni tiene finalidad alguna, sin ser tampoco por ello un proceso desordenado.

Einstein vino a arrebatarnos lo que parecía ser el único fundamento fiable: la objetividad del mundo externo físicamente mensurable. Duraciones temporales y longitudes no son magnitudes universales.

Gracias a Marx entendemos que nuestra cultura y toda nuestra conciencia están determinadas por las condiciones económicas, lo que Dietrich Schwanitz (1999), define como una teoría de la relatividad: la conciencia es relativa a la posición social de cada individuo.

Todo esto hizo que la autoestima del hombre quedase por los suelos y que su desorientación fuese más grande que nunca. Pero las cosas todavía podían ir peor, y de ello se encargó Sigmund Freud.

Sigmund Freud no sólo engendró el psicoanálisis y la clínica psicoterapéutica, sino que abrió un nuevo modo de pensar los problemas culturales: sus reflexiones sobre la religión, la sexualidad, la homosexualidad, la enfermedad mental, los movimientos de masas, así como otros tópicos relacionados como la cultura.

¿Qué agregó Freud? Que el deseo del que habló Spinoza, la voluntad y la representación a la que se refería Schopenhauer y las potencias nietzscheanas, son antes que nada, inconscientes.

En los tiempos de Shakespeare, Montaigne y Calvino, siglos XVI y XVII, se hablaba del alma humana como algo inmortal, racional e inmutable. Lo que hoy incluiríamos en la psique, las pasiones, los sentimientos y los impulsos, en esa época, se atribuía al cuerpo. En el siglo XVII, entre el alma inmortal y el cuerpo mortal se introdujo una zona intermedia que podríamos caracterizar como el ámbito de lo mental. En ella se situó fundamentalmente lo que en el pasado se había considerado amenazante por su naturaleza irracional: las pasiones. Su nombre cambió y dejaron de llamarse pasiones, recibiendo el nombre de sentimientos. Con la invención del sentimiento, se abrió una especie de espacio mental interno en que el hombre localizó sus sentimientos, afectos y estados de ánimo, así como sus más profundas emociones y reacciones espontáneas. El Romanticismo descubrió al mismo tiempo el espacio anímico interno y la naturaleza de los estados anímicos.

En el siglo XIX, el alma inmortal y racional fue revelada de forma imperceptible por el intelecto y el carácter, la cualidad moral positiva de ser firme y de regirse por normas, deberes y principios. Se daba por hecho que el individuo era dueño de sí mismo y que era capaz de controlar sus sentimientos y su psique. Los vicios eran censurados moralmente y se suponía que todos eran libres de elegir lo que debían hacer, sólo era necesaria la fuerza de voluntad.

Freud eliminó la moral y la sustituyó por la psicología, y lo hizo ampliando el mundo del psique con el inconsciente. Aparece aquí, entonces, el concepto de inconsciente: un lugar psíquico en la mente humana dónde se alojan los contenidos reprimidos, que pujan por salir. El hombre ya no es dueño de sí mismo, pues con él cohabita alguien a quien ciertamente no ve, pero que dirige sus actos sin que él mismo se dé cuenta. ¿Cómo convivir con aquello que está dentro nuestro, que desconocemos y cuándo somos incapaces de manejar las formas en que se manifiesta?

Freud reformó la autoconcepción del ser del siglo XX y su forma de relacionarse con los demás, todos han de contar con el inconsciente del otro. Influye en nuestra conducta y experiencia, a pesar de que no somos conscientes de estas influencias subyacentes. Esto cambia la forma de observar a los demás, ahora todo puede ser consciente e inconsciente, así como la forma de observarse a sí mismo.

El éxito de la teoría de Freud se debe a la esperanza de encontrar lo más anhelado: la posibilidad de descifrar nuestro inconsciente promete traernos la felicidad personal. Y como nuestro inconsciente nos parece algo tan próximo, la libertad parece estar igual de próxima. El inconsciente es una caja oscura, como no podemos verlo, nada nos impide tampoco considerarlo la fuente de todos nuestros problemas y justificar nuestros errores con él.

Probablemente, ningún científico ha transformado tan radicalmente como Freud el modo como los individuos se entienden a sí mismos en nuestra cultura. Su influencia es tan grande, y su pensamiento ha penetrado tanto en toda nuestra cultura que es difícil imaginarse cómo se entendía el hombre a sí mismo antes de Freud.

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